CINCO CANCIONES POLÍTICAS DE LA INFANCIA MELANCOLIZADA POR UNA CRIANZA DE PADRES PROGRES, HOY RESIGNIFICADAS.

1) Lilia Vera – Montilla

Una canción popular venezolana de homenaje a José Rafael Montilla, un revolucionario de la Gran Colombia muerto en 1907 por un machetazo traicionero. Death Joropo. Lo que tiene de bueno la versión de Lilia Vera es su intensidad de acción lejos de la depresión, mas bien en plan hipomaníaco. La percusión suena como un galope herido, o mejor: como un corazón bradicárdico, como el bombo de Heroine (Velvet Undergound).

El brillo: Ahí viene Montilla a dar la pelea / y viene diciendo, morena: la bala chirrea. /Él armó su gente con la artillería / y prendió los fuegos, morena, al Ave María.

La resignificación: la canción habla de la muerte del héroe, que es la forma de perdurar que transitan los que no ganan. Al final, a la historia la escriben los que pierden pero mueren. Ahí está el sacrifio que pide la memoria. Estallar y no desvancerse lentamente. Mas gore, más prestigio. En cambio, los que ganan, a la historia la borran, le clavan el visto.

2) Alfredo Zitarrosa – Crece desde el pie

En el stereo del falcon que recorría la ruta 9 casi todos los fines de semana, la elección de Zitarrosa era un alivio para el infante que viajaba tirado atrás sin cinturón de seguridad. “Al fin una canción optimista!”. Una rareza  en el corpus depresivo uruguayo (hoy día, la canción de los Olimareños más escuchada en Spotify es “Ta llorando”, un cosplay de marcha fúnebre).

El brillo: Crece desde el pueblo el futuro / crece desde el pie / ánima del rumbo seguro /crece desde el pie.

La resignificación: las revoluciones aparecen como una revelación al final, luego de nombrar a la musica, el dia, la pared, la aurora, la fogata, y toda una serie de eventos naturales. Crece desde el pie, es una canción que plantea que los cambios se arman de forma emergente e incorpora la música y el amor como parte del combustible revolucionario (emoji de corazón estallando en mil revoluciones).

3) Jorge Marziali – Cebollita y Huevo

“Aguánteme hasta el verano, dijo un viejito cuyano, y en agosto se murió”. Un ruego interrumpido por la muerte en la primera frase. Cebollita y huevo es una canción de la primavera alfonsinista, una canción de madrugada de velatorio. Un intento imaginario de armar una historia. Tiene una parte Animal Farm (“La gente andaba en lo suyo, / la liebre comiendo yuyos / y la abeja en el panal / cuando llegaron los chanchos / y armaron un zafarrancho”) y una proclama directa: “que paguen los que han matado y los humillados que no paguen más”.

El brillo: Nosotros estamos vivos / después de haber compartido /el olvido y la traición.

La resignificación: Un hilo dorado lo une a Nanas de la cebolla de Miguel Hernández. La comida como el último refugio del perseguido.

4) Los Trovadores – El árbol ya fue plantado

Alguién le dice a alguien que le pregunte al Virrey si pueden plantar un árbol “para mirarlo crecer”. Un propósito humilde. Adivinen qué pasa. “El virrey no da permiso para plantar el laurel”. Ahí, aparece una percusión militar y arranca un folk pop barroco. En esta canción, Los Trovadores son los Beach Boys de Surf’s Up. Se arma una comedia de enredos: mientras el virrey le pregunta al rey, y el rey le pregunta a la reina, el laurel crece y tiene pájaros. Y entonces, lo sospechado:  “Que se tire abajo el árbol si crece a espaldas del Rey!”. El narrador termina cantando con una “guitarra de laurel”. Porque en ultima instancia, lo que importa es que se cante la canción de protesta, no que se arregle la situación social.

La resignificación: es curiosa la pasividad con que se acepta una orden tan lejana en la cadena de mando y cómo rápidamente se obtiene una nueva función del laurel (guitarra). Una canción sobre el beneficio secundario.

5) Atahualpa – Duerme, negrito

El Mississippi John Hurt de Pergamino. Atahualpa Yupanqui era bueno en serio. Sus letras son una obra literaria. La música a veces dejaba las huellas y, como en esta canción, se desplegaba en un folk que pone en sintonía los campos de algodón y la zafra azucarera.

Una lullaby del diablo (a diferencia de Robert Johnson, pareciera que fue Atahualpa quien le impuso condiciones al Maligno). Una canción que habla de una amorosa extorsión “Te va a traer codornices para ti, te va a traer carne de cerdo para tí, y si negro no se duerme, viene el diablo blanco y ¡zas! le come la patita chicapumba, chicapumba”. A la madre del negrito no le pagan, va de luto, va tosiendo. Viuda, precarizada y con tuberculosis. Sin embargo, lejos de una empatía cínica, el narrador termina diciéndole al negrito que se duerma de una vez.

La opacidad: en los 80’s, Jairo hizo una versión en Francia con Sapho, una cantante marroquí/francesa. Le quiso poner pop y le salió una porquería de world music que hoy podría pasarse en Aspen.

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5 grandes canciones de Dani Umpi desde la sensibilidad de un padre heterosexual, agnóstico y psiquiatra post-Foucaultiano (?)


5 Dark Room

La gracia del pop es ser una cinta de Moebius que arrastra la fantasía en la realidad, pasea un rato y vuelve. Cuando uno baila frente al espejo aquella canción de Happy Mondays, Shakira o los Buzzcocks, sabe que no es eso, que no hay una identificación especular, pero sabe también que tampoco es que no es nada: algo de la imagen salpica la realidad de mierda neurótica que nos toca vivir alivianándola- por decirlo en términos de Heidegger-.

Mi primer encuentro con la obra de Umpi fue su libro “Solo te quiero como amigo” (emoji de corazón con estrellas) y su primer disco, Perfecto, que salió en mitad de la primera década del siglo.

Ahí está incluida  esta canción, que toca el imaginario del dark room (disco gay, Roberto Jacoby, según el grado de sobreeducación que se sostenga).

La frase: “tengo una rica vida interior que quizás te interese degustar”

El detalle: “(..) que uses mi pecho como almohada”. Una imagen que también usa el Puma Rodriguez en La Llamada del Amor.

El brillo: la intervención psicoanalítica de Sergio Pángaro al final

4 Zamba para olvidar

Otro de los grandes momentos de mi relación con Umpi (dos recitales, muchas horas escuchando sus discos, tres o cuatro interacciones en twitter), fue verlo en un Bafici de hace mil años. Iinterpretó La Maldita Primavera de Yuri cortando  lechuga en el escenario. Su labor como curador de canciones suele ser muy buena. En Dramática (2009) grabó muchos covers, mayormente acusticos. Entre grandes elecciones (Si Pudiera de Fun People, Entre mil dudas de Fangoria), y otras no tan interesantes (Lovefool el one hit wonder de Cardigans), aparece Zamba para olvidar y, como lo que pasa cuando Johnny Cash  a punto de morir canta One, uno escucha por primera vez la dimensión de la letra, Dani logra que esta zamba regastada en el reportorio de caulquier gil con bombacha que pisa Cosquin, vuelva a brillar en su acto dramático.

La frase: “No sé para qué volviste si yo empezaba a olvidar. No sé si ya lo sabrás: lloré cuando vos te fuiste”. Olvidar, recordar. No poder olvidar. No poder recordar. Enterarse. Desintersesarse. Un gaucho de rastra con glitter, angustiado.

El brillo: evidenciar que el mal de amor dramático atraviesa generaciones, géneros y contratos discográficos.

3 Porvenir

Otra gracia (talento, lucidez) que tiene Umpi es cantarle a ese momento que queda entre la ruptura amorosa y la posibilidad de comenzar una nueva relación (que todos sabemos terminará en otro drama). Es un gran corcel del imaginario de la ilusión/desilusión.

Porvenir es una de sus mejores canciones sobre esto. Los fracasos aprendían su lección: el optimismo de la experiencia.

La frase: “y aquello que aceptabas de callada, te agarraba preparaba y gritabas ¡no!, ¡no!, ¡no!”

El detalle: da consejos de belleza y nombra Givenchy

El brillo: el tiempo arriba. .

2. Nueva Generación

El disco 2000 del Río de la Plata. Una canción sobre la segunda primavera. Una oda a la juventud, a la energía festiva del momento biográfico tomado por la omnipotencia, la negación de la muerte. Poptimismo total.

La Frase: “(…) y en mi interior, una voz en off me dijo ‘el futuro ya llegó´”

El detalle: esta canción tiene el exceso opaco en la obra de Dani: las frases exaltadas, que en con aura, todo bien, pero en la reproducción técnica terminan molestando al espíritu de los gruñones. “We have a toto party tonight” ← a eso me refiero.

El brillo: Un ejemplo de la importancia narrativa de las letras de Umpi. El protagonista mete un arco dramático perfecto en tres minutos y medio.

1 Cleopatra entrando en Roma

Umpi grabó Cleopatra en Roma en tres versiones. Una en plan de electrocanción en “Hijo único”, después una versión en piano, en “Piano 2” y finalmente su mejor versión en “Lechiguana”. Super bailable en plan ir por la calle dando los pasos al ritmo de la canción y, depende el nivel de desinhibición psicológica u orgánica, cantando a los gritos, para afuera o para dentro.

Nunca vi Glee, pero cuando Umpi dice que su amante bailó para él un canción de Glee, se entiende todo. Una empatía ancestral. No. Una empatía liviana, esponjosa. Unívoca.

La Frase: “Cleopatra entrando en Roma descubrió lo mismo que yo”. Dani se posiciona previo a Cleopatra. Ha experimentado antes que ella. Pre Cleopatra.

El brillo: la duda de lo banal (“no sé diferenciar entre fernet o gin”) frente a la certeza delirante de lo profundo (“Entraste y en tu espalda fue que vi mi futuro en ti / Yo no estaba invitado, fue que entonces decidí / Mi destino de VIP, tu cinturón marfil,/ Tenerte a mi lado, besarte así como así).

El brillazo: el final (emoji de extasis): Dani gritando al frente de unas cuerdas perfectas de synth pop:  “la rueda de la vida se detuvo y yo seguí”. Se detiene la música de repente y caemos en una experiencia de muerte total. (emojis de corazones y calaveras)

Lo mismo pero diferente (If you hold a stone)

Hay una estructura de canción que se sostiene de la repetición de una frase, un truco o un firulete al infinito. Comienzan con pocos elementos (voz, guitarra y voz), y  en cada vuelta se van agregando instrumentos, coros o ruidos. Finalmente, la frase, el truco o el firulete termina con mucha gente en el escenario.

Ejemplos: Atlantis (Donovan), Hey Jude (Beatles) o If you hold a stone (Caetano Veloso).

If you hold a stone abre el lado B del disco Caetano Veloso, el que tiene London, London, el que está en la tapa como con una estola de oveja. La oveja esquilada, los rulos del artista no. Impresiona que parece la Brujita Verón. A la Brujita Verón le encantaría London, London por la referencia a la capital de su patria. Sin embargo London, London habla de los exiliados. Ahí ya no le gustaría. La Brujita Verón, y esto es lo último que diremos sobre él porque hay gente joven leyendo esto que capaz no sabe, la brujita Verón corrió desnudo en una publicidad de papas fritas pero fue caminando a patear un córner cuando nos quedábamos eliminados del mundial. Ustedes saquen sus conclusiones.

Caetano Veloso es más interesante. Hizo grandes canciones en los sesenta y setentas. Después perdió un poco el rumbo, como todos. Primero el microclima de rodearse de “gente que pela”, y después  ya para cuando su hijo se le puso a competir en el mismo rubro la desorientación fue total. Logró una fama en Argentina de los 90s con un disco de covers para viejas en donde estaba la insoportable Capullito de Alelí y trataba de darle algún brillo a Un vestido y un amor sin los graznidos de Fito. Antes se había modernizado a lo latinoamericano: mucho slap y seteos horribles de teclados.

Pero en If you hold a stone, hay una guitarra acústica limpia, un bajo gordo sin slap, y una hermosa calidad de madera en la grabación (la batería es golpeada).

Y la repetición, con un coro que va creciendo hasta tomar todo el cuerpo de la canción, convenciendo (infectando) a la voz principal, que deja el inglés y termina cantando en portugués en la última parte del ritual.

El trance de la repetición libera la lengua materna y revisita al inglés desde otro lugar. La repetición como valor, eso que John Cale impuso en la Velvet (el piano de All Tomorrows Parties – te amo piano de All Tomorrows Parties-). Solo que Cale se queda en el mismo tiempo angosto, apenas da un vueltita para guiar a Nico que cierre la puerta para poder llorar a escondidas.

If you Hold a Stone, en cambio, es un movimiento de tres partes. Un paso. Un ritual (ya se dijo) que usa la zona de seguridad de la repetición para liberarse, para establecer establecer algo conocido ante la incertidumbre del exiliado.

Hoy escuché a alguien decir que uno se apoya en dos o tres puntos y no mucho más. La profundidad, entonces, viene de esa constelación minimalista en movimiento. De establecer lo diferente desde lo mismo, que es lo más difícil pero lo más potente.

Lo popular

En estos días se dio un intercambio super interesante entre Bruno (@brunoimlnam) y Amadeo (@kingmob84), dos viejos conocidos de virtualand.

Todo comenzó con el clásico (intenso, magnánimo, excelso) posteo de Amadeo en El Baile Moderno  sobre lo mejor del año.

En medio de la amable discusión, Amadeo dijo: “me parece un signo de enorme arrogancia asumir que no hay intención en algo solo porque es popular. hay una enorme intención! hay un propósito! hay una ingeniería! o al menos así lo veo yo.”

Y yo me metí a provocar: “Popular es una categoría arrogante, en todo caso. Estamos hablando pre Apocalípticos e Integrados y esas categorías ya fueron.”

Amadeo: “por qué sería arrogante?”

Ésta es la respuesta.

1) ¿Qué hace popular a lo popular?

Hay una idea popular que tiene que ver con la estética. Un artista logra popularidad (por ahora pensemos eso como un éxito cuantitativo) y cualquiera que imite esa estética podria ser nombrado como popular pero ya sin el rasgo cuantitativo. En el folklore se da mucho la idea de artista popular sin éxito cuantitativo, definido popular por la sombra de algún éxito de otro árbol.

Se abren dos versiones de lo popular: a) la música que pertenece (produce y consume) al pueblo como idea de identidad quimérica de una masa humana honesta y precarizada pero con superioridad moral y b) Popular es éxito cuantitativo y punto.

2) ¿Qué es vender mucho hoy?

Esos millones de clicks que hoy se piensan como el equivalente a los discos vendidos, ¿son sinónimo de “popularidad”? No se puede negar un éxito de nicho etario en esos números, pero los padres de niñes en primera infancia  sabemos que si netflix tirara estadisticas anuales, diría que Peppa Pig tiene 500 reproducciones y La Balada de Buster Scruggs una mísera reproducción partida en diferentes momentos aislados.

Entonces, ¿cuánta gente hay detrás de esos clicks? ¿Unos pocos adolescentes intensos viviendo el microclima de la identificación o millones de curiosos que quieren escuchar lo nuevo? Ni lo uno ni lo otro, pero más lo uno.

Así, habría que sacar el índice “Clicks/personas” para saber realmente si se es popular en cuanto cantidad de personas. Seguro hay gente dedicándose a eso y cobrándole a alguien. Apoyamos desde aquí esa patente de corso.

3) La amplificación de la imagen como motor de popularidad

Antes de escuchar un mísero lugar común de Duki, me lo había cruzado todas las mañanas en un cartel de la calle, en la tapa de la RS, en un comentario de mi hermano (“estuve hablando con el manager del Duki”), Duki acá, Duki allá. Duki Brahma. Duki “gato siamés” como le escribió alguien al cartel. Para cuando lo escuché, ya estaba aburrido. Y él, curiosamente, también sonaba aburrido.

En el consumo cultural de hoy, como en la naturaleza, la imagen llega antes que el sonido.

4) Lo popular como el hilo de plata que une la historia tradicional

La mona es popular. Mercedes Sosa era popular. Bueno, Gardel. Todos esos murales de mierda del rock nacional que enchastran el buen gusto y las paredes de la ciudad de Buenos Aires, son populares (Charly, Fito, el Flaco…todos sobrenombres, todos personajes de una gran telenovela donde no hay oscuridad, ni tensiones:  la ilusión infantil de la hermandad del diminutivo y el apodo antropomorfo). Se llega a una idea de lo popular que es saber más el nombre que la obra. Hay mucha más gente que sabe quien es Spinetta que sufrientes escuchas de sus discos ¿por qué es popular Spinetta y no Melero? Mi hipótesis es la del personaje de Gardner en Desde el Jardín. El éxito del artista popular es ofrecer una versión para cada uno. Cuando se es popular, aun cuando no existiese un pensamiento, se lo inventa ¿De qué otra forma se lo estima a Spinetta en círculos de agrupaciones de DDHH cuando el mismísimo artista apoyaba la pena de muerte para los pibes chorros?

Esta intención de nombrar popular algo que remite al “ser argentino”, es la parte que más se rompió cuando cualquiera que aparezca en la tele por más de unas semanas ya es más “conocido”. Pero momento: ¿“conocido” = “popular”?

Son categorías raras porque están determinadas por la foto de los tiempos. Ahí tenemos a Marley. El Marley conocido es el padre de Mirko. El Marley popular es el que mató la CIA inoculándole cáncer en un partido de fútbol.

Los conocidos van y vienen y ya no pueden sostener el peso de una identidad. Ese peso hoy no está. Ni siquiera la muerte prematura, un truco que no fallaba hace unas décadas, hace a un artista popular.

Otra forma de verlo es como una diana en donde en el centro está el grupo de personas identificadas con el artista popular, el que lo clickea muchas veces, que va a sus shows, que sabe y cada vez quiere saber más de él. Fuera de ese núcleo duro están los que lo conocen por conocer a uno de ese núcleo, el segmento “amigos de amigos”. El tercer círculo es el de los que se topan con los amigos de amigos y se enteran por curiosidad o insistencia. Ya no conocen la obra, sólo la imagen o el rasgo con el que se da a conocer (“el hijo de…”, “uno que hace…”, “el que dijo que…”). Ya en un lugar más alejado están los a que a veces escucharon hablar del artista pero que en el fondo les chupa un huevo.

El tamaño de esa diana mide la popularidad. Cuanto más penetrancia centrífuga, más “popular”. Pero, y ahí está el chiste, no siempre se da, aun cuando exista un buen núcleo duro en el centro, aparecen otras barreras que impiden el paso hacia lo popular (rechazo de códigos estéticos, círculos religiosos -ahí están los grupos evangelicos llenando estadios-, etc).

Todo ese movimiento se tamiza con el tiempo. Cuanto más tiempo se sostenga la radioactividad, más mutación de “conocido” a “popular”.

El artista popular queda como un actor de la historia. El artista conocido, como un actor del mercado. No son categorías excluyentes, muchas veces se incluyen, pero muchas no.

5) La arrogancia

Llego a lo que disparó todo esto. Ya estaba ahí: un posteo sobre esto ya es suficiente arrogancia ¡Otra que bailar la arquitectura! El problema es que uno pertenece a una red de goces que incluyen el divague intelectual en vez (o mejor dicho, a la vez que) menear el culo al ritmo del sonido gordo ¿Cómo describir todo lo de arriba con el cuerpo? Imposible. Tan imposible que sigue siendo necesaria la voz para poder bailar. No hay hit popular instrumental. Hubo en su momento, pero la voz es fundamental, por más que la letra sea una descripción obvia de los marcos de disfrute (“Sí, sabes que ya llevo un rato mirándote/

Tengo que bailar contigo hoy”)  o una rumiación absorta (“Paso mucha’ noches pensándote

Yo no sé ni cómo ni cuándo fue”). No hay en las letras de los hits populares nada que sea disruptivo, más bien es una lección de memoria de las condiciones de vida actual. Depende de qué lado de la cinta de moebius se agarre, pueden ser la repetición de lo obvio (el clon hablando) o el mensaje original (los aparatos ideológicos actuales).

En resumen, es arrogante la categoría popular  porque tiene una impronta cualitativa y no cuantitativa, porque se dice desde un lugar diferente (por eso se puede ver) y porque funciona en dos dimensiones complicadas: a) la distancia empática (“este trapero que habla de consumo e imagen en realidad es un revolucionario que está generando una incomodidad resaltando los efectos salvajes del capitalismo tardío”) o peor, b) la distancia tilinga que se cree aristócrata por escuchar otras mierdas consolidadas como tesoros (“yo no escucho esa mierda de ahora, a mí dame algo bueno: Led Zeppelin, Queen, los Beatles” -O Neu!, The Fall y Pere Ubu, en este caso da igual-).

6) Ya otro lo dijo antes, mejor

Entre Hildegarda de Bingen

y las chicas que cantan lo de My Chemical Romance

mientras esperan en la puerta de El Corte Inglés …

Hay un juego

de prefiguraciones y reflejos,

Hay un hilo secreto,

e invisible de tan fino,

Porque lo viejo es lo nuevo

y lo culto popular.

La espina en su costado

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Hay traducciones de canciones que se familiarizan de tanto repetirlas pero suenan horribles. El chico con la espina en su costado, por ejemplo. Es una frase sin sentido, salvo que tenga alguna connotación religiosa que se me escape (todas las connotaciones religiosas se me escapan).

Es una lástima porque es una linda canción, que si se llamara El chico solamente, todos diríamos “mi canción preferida es El Chico”. O Espina:  “mi favorita de esa época es Espina

Quizás el truco del entendimiento sea la letra, pero está en inglés y el inglés no es mi lengua materna (ni paterna). Puedo hacer el esfuerzo de entender alguna sutileza del inglés si estoy estudiando algo de mi profesión (geólogo) pero ¿tanta cosa por captar la referencia de una canción pop? Gracias, la tarareo y listo.

“Es sobre la persecución a San Pablo” me dijo una chica una vez. “Ah, ni idea de la simbología católica, ja”, le dije. Es común que hable de canciones con alguien que me interesa. Cuando tengo la oportunidad llevo la conversación a esta polémica, porque me parece simpática y porque surgen datos ocultos. Esa vez, por ejemplo, me permitió saber que esa chica, que estaba haciendo una tesis de maestría sobre rascar el fondo de la olla de la escuela de Frankfurt (“La dialéctica del Iluminismo en la era de la escritura del yo”), tenía una formación católica que había mutado de la misa a la academia y -ahora se me revelaba- a captar la cosmogonía católica en las letras de las canciones.

“Es una mala traducción, the thorn in his side, sería como una piedra en el zapato, algo que molesta”, dijo una amiga de esa chica cuando recreamos la charla en una fiesta. La amiga tenía una remera con un desgarro  involuntario,como si se la hubiese enganchado en algún lado, justo donde siempre me imaginé que estaba la espina en el chico de la canción.

“El chico con la piedra en su zapato es peor que con la espina en el costado”, dije con un poco de mal humor porque supuse que ella estaba agresiva  por celos de su amiga y porque me vio mirarle el agujero de su remera.

El otro grave problema que tiene esa canción es la forma en que se debe pronunciar bien thorn. Ese sonido de zeta con mucho clonazepam se me hace muy difícil porque cargo con un seseo de base, entonces al querer decir zorn, me pasan dos cosas horribles: me acuerdo de John Zorn,  lo que es una triste evocación de esa vanguardia magra y , peor, la pronunciación nunca es acertada, se hace “s” o se hace “z” pero nunca “th”.

La solución (pobre) a esa disyuntiva es exagerar rusticidad. Cantar a viva voz de cancha, moviendo las manos hacia arriba como si fueran algas: “DEBOY WIDESERN INJÍS AID…”. Me doy vergüenza ajena cuando hago eso.

La solución del tarareo, mencionada antes medio en chiste, se cae porque la melodía pide letra. Hay melodías que no piden letra y quedan perfectas tarareadas. Telstar, por ejemplo. La versión con letra de Telstar es malísima. Un centro de mesa que nadie pidió.

Pero The boy with the thorn in his side es la letra. Es esa imposibilidad de cantarla y que salga todo. El error de la “z”, la ectopia del sentido, el tono siempre desarmónico de la afectación hace que cuando uno se mete en la ducha a cantarla, siempre quede algo mal dicho, pegoteado en las paredes internas de nuestro cuerpo.

La Pregunta Retórica

1.Babasónicos editó el adelanto de su nuevo disco. En realidad, subió un video a YT y un mp3 a Spotify. Eso es “editar” hoy: hacer público un archivo.

2.En una entrevista que le hace Plotkin a Dárgelos (y Dárgelos a Plotkin), el emisor del grupo dice: “Yo creo que el estilo que toques ya no habla de vos. Ahora, si a eso le sumás el arte, la comunicación, qué canales usás para hacerte entender… eso va encerrando todo.” En un intento de conceptualizar el arte presente, Dárgelos descubre que el estilo que se toca ya no habla del artista. La música que se graba, la letra que se dice, no habla del artista. El estilo está en los alrededores, en las capas de trucos publicitarios. Curiosamente (o no), el logro de todo eso, según sus palabras es “encerrar todo”. Una precarización del You’ve got the style it takes.

3.Aquí, un peligro: enredarse en un recorrido por ese estilo que Dárgelos dice que tenía y que hablaba de él, lo que nos llevaría a pensar si él era Sai Baba sónico, los seis bananeados que se querían divertir o la versión irónica pero seria pero irónica de Sandro usada en de cortina en un programa de chimentos. O la alianza con Marcelo Cohen, jugando a ser demasiados pop para la alta cultura y demasiados narizparadas para el mundo del rock.

4.Mejor salir de ese camino. Volviendo a lo que dice este Dargelos del 2018 que, confundido por ese ser que ya no es el estilo que toca (que, por otro lado, en una cata ciegas, la sensación es que siempre tocan lo mismo), lo busca en el concepto. Pero ahí donde los primeros Babasónicos buscaban el ser en el cuerpo zombie del pasado (Tura Satana, Sharon Tate, la Riviera francesa), en la belleza decadente de un siglo que moría, los Babasonicos post Jessico buscaron el ser en el mercado del ocio contemporáneo: ya no muertos vivos sino muertos de consumo, muertos a secas. Suponen el estilo en la parafernalia de un mundo que la UADE robó a alguna primavera (arte, comunicación, canales).

5.No es una novedad: Malcolm McLaren y todo eso. El volante que pegaron alrededor de Obras que decía “TRANS-Algo” y un teléfono donde si llamabas te sonaba la canción nueva es un truco simpático. Pero si pensamos que habitamos el país del Di Tella, es un poco corto como para la elevación artística que el grupo pretende. Se festeja la ocurrencia del volante como si fuera el happening del helicóptero de Masotta. Vamos.

6.El reportaje citado tiene la virtud de intentar una charla. Tiene momentos de humor intencional y no intencional. Se citan mutuamente artista y periodista. Se tiran rosas y algunas espinas pero no hay sangre. Algunas contradicciones son pueriles. Dárgelos se queja del algoritmo de spotify pero rápidamente aclara que no tiene spotify (“el otro día haciendo zapping vi que Tinelli…”). Es el problema cuando se juega a ser popular, siempre hay uno más popular que vos. Al rato habla de la industria como algo ajeno, como si fueran un grupo autogestivo, no unos contratados de Sony. Hábil, el entrevistador lo enfrenta a su espejo.

7.Restada la parafernalia, La Pregunta es un típico tema Babasónico. Una canción artificial, de dentista, que apela a que el bombo pavloviano haga mover la patita y uno se tiente de imitar la voz de Dargelos al borde de la parodia, del lado de afuera.

8.“La pregunta es” un montón de preguntas con pequeñas variaciones alrededor de matar, morir, luchar, defender.

9.El problema es que si la parafernalia no convence, el fantasma se rompe y aparece un personaje de Aira o de Spinal Tap. Se apuesta a ser alusivo pero se dice mucho. Alguna vieja se incomodará por el veneno que explota dentro de la suavidad discursiva del pop Caja Negra (“A veces conspiran en mi propia cara,/con una cascada de putaradas,/no se puede sólo desatar el nudo con un estribillo pop, /que lo repetís hasta que lo puede cantar un conjunto de orangutanes.”). Otros se aburrirán de la sonoridad sin cuerpo, de la pasión calculada, de la autoadulación.

 

107 Faunos: Neón en la selva

107 faunos Neon en la selva

 

Hace 10 años, la primera canción del primer disco de los Faunos hablaba de volver  leer a Panchito y de recordar los días dorados antes del final.

Se evocaban esos días dorados  no desde un presente opaco, beige, sino que se lo hacía antes del final.Nostalgia y Apocalipsis.

En ese primer disco, que es para mi gusto el más interesante de su generación, había hermosas canciones de melancolía gozosa. Sobre la pila de cadáveres de músicos resecos (la primera y segunda generación del rock nacional) y muertos recientes, entregados al deshilachamiento  o la vida dentro de la snowball del mercado, Laptra y los Faunos en particular, aparecieron con una certeza festiva impensada.

Mientras los Faunos recuperaron el cencerro y la desafinación para el bien, los Babasónicos, por comparar con alguien de la generación anterior, se ajustaban a su sonido internacional, su resignación a ser template.

Ese 2008 los Faunos cantaban  “No sé cómo entender la libre competencia ni el mercado laboral ¿El fracaso de los otros es un triunfo tuyo? / Pero hay algo que sé muy bien:
saltás con el A y disparás con el B.”

Los Babasónicos estaban en “Si te llevo de favor / Me prometes que esta vez / No vas a arruinar la fiesta / Oh-oh-oh-oh-oh / Oh-oh-oh-oh-oh / Apretado microdancing /No esperes nada de mi”

Al tiempo que los discos del año eran cosas insoportables, como Tv on the radio (lo que sería un disco del zolpidem si el fármaco pudiera tocar la guitarra) o cosas perfectamente decodificadas por los periodistas (Banda de Turistas), los Faunos cantaban “Me gustan los helicópteros./ Me gusta que pase más de uno por sobre mi techo, /de noche. /  Sé que el caos vendrá precedido por ellos; / en mi lecho me relamo cuando escucho cómo giran / las hélices atronadoras./ Y veo un campo de margaritas ardiendo, / y veo tu sonrisa, y el sol cae detrás, y todo se apaga.”

 

Diez años después, luego de perderse y reencontrarse  varias veces. La película / El Tigre de las Facultades. Músicos incidentales de la poesía de Casas, Los Planetas dedicándoles un tema (muy feo, hay que decirlo) y quedando agazapados mientras El mató, Bestia Bebé y Las Ligas saltaban.

Hoy los Faunos sacaron un adelanto de un nuevo disco. Neón en la selva se llama la canción. La primera vez que la escuché fue hace unos días en un recital dado en un ballroom abandonado de pinotea y espejos, arriba de un super chino en Colegiales. Ese día, antes del show, mientras unos jóvenes repetían rituales que ya me son ajenos, con el Gato hablábamos de literatura argentina contemporánea como quien habla de fútbol. “Me encanta Romina Paula, Agosto es mi libro favorito” (él) , “no lo leí, la del viejo que se muere me sorprendió, pensé que iba a ser malísima” (yo). “¿Busqued?” (él). Dejamos un silencio como respuesta. “Tenés que leer a Falco y Lamberti” (yo). El Gato me recomienda mil poetas platenses. Minutos más tarde, cantaba “Viento de la nube negra / el aire como plumas me toca/ atrapado en el momento”.

Y vuelven a ponerme la piel de gallina. Como me pasaba siempre que escuchaba Pequeña Honduras. Al terminar el show, hay un entusiasmo melancólico en el aire. No soy del saludo postshow, por vergüenza propia y ajena. pero fui al encuentro del Gato y le dí un abrazo.