El tiempo está de mi lado

Compré la entrada del recital de Nacho Vegas un mes antes del evento. Por esa acción premeditada obtuve el premio de ahorrar el 20% del valor con que se vendía en la puerta y, por otro lado, supongo que contribuí a la tranquilidad de los organizadores, que pudieron contar con mi humilde aporte a llenar la columna de ganancias. El ticket decía que el evento sería un martes a las 20 hs. No decía nada más.

El día del recital, me levanté a las 6 am y lo primero que vi fueron unas fotos en un grupo de wapp de Nacho Vegas cantando en Montevideo la noche que acababa de pasar. Baño y mates mediante, a las 7 am estaba en el subte y a las 8 trabajando. Después de atender a todos los pacientes a horario, fui a una reunión académica y luego a un hospital a coordinar una actividad. Llegué un rato antes y me retiré un rato después de lo acordado porque el tema que se discutió fue interesante. De ahí fui a buscar a mi hijo al jardín, que salió justo a la hora en que sale todos los días. Una vez en casa, mientras Diego rescataba animales de la selva, me enteré que habría dos teloneros. Una banda que no conocía (y que no tenía ninguna urgencia de conocer ) y Paoletti, a quien le dedique ya largas horas de admiración en mi juventud y que no me convocaba verlo hoy. Saqué cuentas. A las 19:30 abren la puerta. A las 20 tocan los primeros. A las 20:30 toca Paoletti. Nacho estará arrancando cuanto mucho a las 21:30. Terminará a las 23. Eso me daba unas 4 o 5 horas de descanso para enfrentar el trabajo del miércoles, y que arrastraría, en cuotas, el jueves y viernes.

Para confirmar busqué la pagina del evento en facebook. Había dos personas preguntando a qué hora empezaba el show de Nacho. Nadie había respondido. Asumí que mi cuentas no podían estar tan mal. Era martes. Era Niceto.

Llegué a las 20 y la puerta estaba cerrada. Un breve retraso estaba en los cálculos (seguía procesando el recargo de los teloneros que nadie pidió y que se ocultaban en la información al comprar la entrada). Fuí a Bangalore. Tomé unas gambrinus pale ale, comí algo y le mandé un mensaje a un amigo que iba a musicalizar el evento (dato que también me enteré esa misma tarde). Mi amigo contestó que en cuanto salga la primera banda me avisaba. La pinta bajó. Vino otra. Bajó. El lugar se llenó de teenageds. A las 21:15 volví a la puerta. Estaba abierta y se escuchaba música. Un mensaje del contacto del otro lado me dijo que hacía cinco segundos había empezado la primera banda. Unos chicos pasan rápido y le dicen al de la entrada “Ya empezó?”. El tipo del taburete contesta “No, como mínimo a las once”. Mi brazo, que ya extendía la entrada, se replegó. Recalculé tiempos. Pensé que ya había visto a Nacho en la época de fervor (aquel concierto genial en la sala del centro asturiano cuando el guitarrista se quebró al hacer el cover de Felpeyu). Pensé en si podría aguantar dos horas rehén de los teloneros y el lugar horrible. Pensé que después de todas esas horas de actividades diurnas, no estaría en un estado, no digo óptimo, pero ni siquiera posible, para disfrutar de las canciones. Pensé que en algún momento, que iba a ser al cuarto o quinto tema, sacaría el celular para ver la hora. Salí del corralito, me puse al lado de la boletería y le vendí la entrada barata a un pibe que se fue contento a tomar una cerveza para hacer tiempo.

Puede parecer la queja de alguien que ya no está para ir a recitales de “rock”. Abuelo, el rock es así, salvaje. Pero no. Un amigo me contó que una vez que vio a Robyn Hitchcock en Europa, tocó los bises sin bajarse del escenario “así todos llegamos a tomarnos el subte”.

Podrán decir que la noche da el contexto ideal para escuchar las canciones de Nacho Vegas. Ese argumento se cae inmediatamente con el lugar elegido para el show. No voy a extender la larga lista de incomodidades de Niceto, ya las sabemos todos. Se puede especular con que “la gente es así, les decis a las ocho y caen a las once”. Bueno, no. Porque no hace mucho que Chinarro tocó a las siete de la tarde y todos fueron a esa hora porque sabían que sino se lo perdían. Finalmente, escucho la voz que viene del fondo del salón de las lloronas del rock que gimen que el tiempo es nuestro, que sólo los burgueses se preocupan por el horario; que es bajo la luna que se expresan los sentimientos de los artistas torturados. A ellas, pobrecitas, les digo que uno de los mejores momentos artísticos que dio la cultura de Buenos Aires fue cuando en un Festival Buen Día, Travesti tocó Juventud Residual a las tres de la tarde bajo un sol voraz que hizo que todos estuvieran lejos del escenario, bajo los árboles, mientras un chico de cuatro o cinco años bailaba solo a los pies de Floxon.

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El clasicismo de Antonio Luque

Lo que sigue es el texto original de un profile sobre Antonio Luque que escribí para la Inrockuptibles y que en la edición impresa quedó como unos fideos pasados.

1.

Es 1994 y Kramer, el productor que inventó la nocturnidad de Galaxie 500, hace sus trucos sobre las primeras canciones de Sr Chinarro, que es una banda y no un señor. El señor Chinarro original existió: era el Javier Portales de Gaby, Fofó, Miliki y derivados, quien daba el pie para que los payasos hicieran su gracia. Buenos pies, malas gracias. Una vez procesadas por el trabajo del productor estrella en su comodidad neoyorquina, las canciones salieron como el primer disco llamado como la banda y como el actor de la tele: Sr Chinarro. Es – atención coleccionistas- el primer disco de Acuarela, el sello que armó Jesús Llorente, periodista de la Rock de Lux, para que el proyecto Chinarro existiera. Quizás no fue tan así, pero es un buen mito el del periodista que decide inventar su propio objeto de crítica, pasar por arriba del cerco.

2.

Antonio Luque es Antonio Luque. El núcleo de vida dentro de Sr. Chinarro. Y es quien dibuja puertas clásicas en el laberinto indie por donde pasa lo singular de las canciones de Chinarro. Luque siempre está atento a decir algo en las letras. A veces una imagen risueña (“La escultura aburrió hasta al bueno de Charles Baudelaire, que nació el día de mi madre”, El gato de S.), a veces una ironía (“¿Te sientes punkie con tus plumas Falcon Crest? Te compro los domingos tu periódico en ingles”, Ángela), otras, declamaciones poéticas (“Tú, mi aguja en el pajar, pides incendios, pones ramas en el nido ¡Y estás borracha!”, Peteneras). ¿Qué es lo que hace que una idea vaya a una letra y no muera en su primera noche de existencia? Dirá Luque: “Si han sido parte de mi vida de algún modo todas las ideas tienen su sitio. Lo difícil es averiguar cual. Ahí es donde interviene, con suerte, la inspiración o la voluntad de dar un orden a lo que no lo tiene.

3.

Luque nació en Sevilla pero la dejó. Argumenta: “Sevilla. Su color especial. Hoy tienen allí 46 grados. Por eso me vine a Málaga hace diez años. Necesito el mar cerca. Es incomprensible que tantas personas no lo vean a diario”. Ese origen andaluz lo ha llevado a hacer migas con Los Planetas, la banda granadina creadores del flamenco shoegazing, que cargan con la paradoja de ser la mejor banda indie en cuanto a estética y corazón, pero que siempre han sacado discos para una disquera grande. En el 2005, Los Planetas abren un sello híbrido, El Ejército Rojo, y editan El Fuego Amigo, producido por J de Los Planetas y con Enrique Morente de invitado. Sus efluvios cantaores hacen sobresalir El Rito en un disco que tiende a colgarse del travesaño para aguantar un cero a cero radial.

¿Qué es lo que da unidad a un disco? ¿Es el recorte temporal? ¿Es un sesgo estético? ¿Cómo hace Luque, que construye canciones tan singulares, tan autónomas, para que los discos no sean “Lo mejor de Sr. Chinarro en el último año”? Luque da un indicio. “Si una canción se va en general del tono del disco, en particular por su letra, va fuera, aunque el hecho de ser de la misma época o de grabarse en el mismo estudio le daría su familiaridad con las demás”.

4.

El Mundo Según es el disco que sigue. Por un lado confirma el quiebre de El Fuego Amigo, y por otro, sale a atacar. Es un disco ideal para hacerse fan, aunque no, porque Antonio Luque no es un artista de fan club, se desmarca de las identificaciones necesarias a ese fin. Por momentos evoca juventudes con distancia irónica y de repente, se derrama una abundancia kitsch. El Mundo Según nos deja con el “Garp” en la boca. Un homenaje interruptus a la novela dramática de John Irving. En este sentido, Luque se monta en una tradición del pop español en cuanto a usar referencias culturales como parte natural del estado de ánimo de una canción (Amiel y Warhol en El Eterno Femenino de La Mode, o, ya en otro registro, las precisas citas farmacéuticas de Berlanga -“Yo que para ti sólo fui paracetamol”- Traición). En Del Montón, el hit del disco, Luque canta “Yo miraba el castillo y me creía Franz Kafka” y lejos de banalizar al torturado checo, lo resignifica hacia un lugar más esponjoso, mas aireado: bailable.

Luque publicó un libro con dos relatos largos (Socorrismo, Alpha Decay, 2009) y una novela (Exitus, El Aleph, 2012). “Unos editores leyeron unos escritos que colgué en alguna red social y algún blog y me animaron. Hace falta valor, desde luego”. Sobre su hábitos literarios, dirá: “Prefiero leer antes todos los clásicos. Es una de las grandes diferencias con la música, donde prefiero estar a la última, digamos. Leo Moby Dick ahora. Ya ves qué tarde. ¿Cómo ponerme con alguna novela de moda en la actualidad? No tendría perdón de dios”. No es por contradecirlo, pero es ese clasicismo lo que ordena sus canciones también, lo que las salva de quedar atrapadas en el espejismo de la época.

5.

En el 2013 apareció una noticia muy rara. Dan Bejar, el mejor New Pornographers, el que saca discos brillantes como Destroyer, había grabado un EP con cinco canciones de Sr. Chinarro. Parecía un chiste, un mash up onírico, sin embargo fue realidad. Five Spanish Songs salió por Merge ese año. Cuando se rasca un poco, se sabe que Dan es Daniel y que su madre es una maestra española. Aun así, el impacto en el micromundo de los que gustan de Chinarro y Destroyer fue potente. Bejar eligió canciones de todas las épocas y las reversionó en formatos que a veces funcionan y a veces no. Hay otra curiosidad con este encuentro. Los dos artistas se llevan dos años de diferencia y si uno ve una foto de Bejar en la época de la grabación, el parecido físico con Luque es sorprendente. Si fuera el comienzo de una película de Brian de Palma en los setentas, es para preocuparse.

Luque dice que escuchar sus canciones, cantadas por el canadiense fue “como ver a una ex novia besándose con otro, por la parte peor. Orgullo y alegría por la parte mejor. Extrañas pero buenas sensaciones, en general”.

6.

Veinte años después de aquellos inicios de pureza indie, hoy Sr Chinarro es un proyecto que alcanza velocidades vertiginosas. Ha sacado cuatro discos en cuatro años. Presidente (2011), ¡Menos Samba! (2012), Enhorabuena a los cuatro (2013) y Perspectiva Caballera (2014), que inaugura su sello propio, VEEMM. Cuenta que editará “lo que pueda. No es mi intención crear una gran infraestructura, es obvio, pero la que hay puede facilitar las cosas a artistas que me interesen por alguna razón”.

En este punto hay una pregunta que se impone: ¿Cómo enfrentar el riesgo de que la aventura inicial se transforme en una rutina de componer, grabar, editar, salir de gira, tener que contestar preguntas, etc? En definitiva, ¿qué es lo que motiva a esta altura de la vida/carrera? Y Luque responde: “me gusta hacer canciones. Cuando lo consigo me siento capaz de arreglar un mundo. ¡Y sin meterme en política! Los estudios de grabación me encantan, adoro la sensación que se tiene trabajando en ellos. Viajar es menos bueno para mí, aunque hay gente que se vuelve loca con tal de ir y venir con su maleta no importa a dónde. Responder preguntas es un buen ejercicio por si algún día tengo que ir a un juicio. ¡Espero que no ocurra!”.

7.

Algunas canciones de Sr Chinarro anclan en el cuerpo. Un niño de 3 años puede pedir que vuelva a sonar “Del montón” como parte del descubrimiento del desparpajo motriz. La distorsión de “El destino turístico” sirve como una solución temporaria, cuando los heraldos de la incomunicación amorosa se hacen presentes. “Ni lo sé, ni lo quiero pensar” puede ser un espacio de comodidad al salir de un hospital.

8.

Un concierto de Sr Chinarro en el país era un casillero vacío que finalmente se tildará este mes, con shows en Buenos Aires, Córdoba y Rosario. A la hora de la pregunta narcisista autorreferencial, apareció el fútbol. ¿Qué referencias tenés sobre Argentina, más allá de Carlos Timoteo Griguol dirigiendo al Betis a principio de siglo? Reirá: “Jaja, hace tiempo ya de eso. Voy a un restaurante argentino siempre que puedo. Me encanta la carne, el chimichurri, el mantecado ese… ¡Tengo miedo de volver con kilos de más!”. Que aprenda, Morrissey, se puede ser clásico y hedonista.///

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Una hora de canciones brillantes de Chinarro aquí:

http://t.co/nV1LDoXeu9

Medio kilo de vacío: Morrissey en Tecnópolis

 

  1. Morrissey se intoxicó en Perú y fué demasiado para una persona ya grande que viene de algunos achaques físicos. El cuerpo le puso un límite a su trabajo de ir, cantar, soportar a los fans y volverse a casa con algunos pesos más en su caja jubilatoria. Una escherichia coli le interrogó sobre si valía la pena ir otra vez para el sur. Dijo que no pero las obligaciones le hicieron torcer esa decisión. Y ahí, sintiendo otra vez el peso sobre sus años, prefirió volver a decir que no.
  2. El show ya había comenzado con el primer rumor de visita. Los primeros grititos sobreactuados de sus fans que “no podían creer” que volviera (gente de creencias fáciles) y los comentarios cínicos sobre el lugar de esta cuarta vez (Tecnópolis, subcategorizada como “rockópolis”). De golpe Morrissey apareció usado como nuevo template de la batalla k – antik.
  3. Los vaivenes del viejo Morrissey aumentaba la presencia en las redes. Una presencia que se reduce a ser nombrado. Si sarte viviera escribiría “Trending Topic y la Nada”. Porque el ser se hizo Nada. Histérico, garca, no se puede confiar en los vegetarianos fueron algunos de las nuevas formas del pobre Morrissey.
  4. Finalmente no vino y llegó el día del no show. Su público lo festejó con chistes sobre estar yendo a ver show, haciendo la previa o directamente decir que se estaba ahí a la hora del evento.
  5. La Nación y Clarín publicaron que el recital se hacía. Clarin con el detalle de escribir el apellido con una “s” menos, lo que hizo que todo el mundo hiciera chistes con eso.
  6. En pleno no show, tuiter y fb estallaban de referencias. Igual o más que cuando tocó en GEBA la última vez. Faltaba sólo el registro fotográfico, aunque la foto de la nota que anunciaba el show del Morrissey con una sola ese fue posteada varias veces.
  7. En el registro mnésico, Morrissey tocó. El no show tuvo lo importante de estos días, tener un tema del que tuitear o postear en fb. La existencia es la respuesta a una consigna. Al no venir, Morrissey dió algo que en vivo ya no puede: ofrecer algo distinto para que se hable en las redes.
  8. El consumo de lo no importante, de la cáscara y el carozo, hizo que su no show en Tecnópolis fuera genial: se pudo tuitear sobre eso sin tener que soportar el precio de la entrada, cruzar la General Paz, la lista de temas previsibles y la vuelta a casa con hambre.